Fiesta Bárbara

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Por: Jorge E. Berbeo M.

El era muy joven aún cuando lo separaron de sus padres, con escasos meses de nacido fue llevado y aislado de su familia. Unos años mas tarde vinieron un grupo de hombres, lo separaron de su extensa aunque solitaria pradera, lo ataron y lo metieron en un cajón cerrado sobre un viejo camión.

Casi sin aire y con muchos golpes fue el largo viaje a la ciudad, lo encerraron en una celda junto a otros no menos maltratados, poca comida, escasa agua y oscuridad.

Luego de varios días en estas condiciones se oye gran ruido en los alrededores, hay una gran multitud de fiesta, desde su encierro se oye una extraña música, gritos y ovaciones, poco a poco sus compañeros de celda van siendo sacados, uno por uno salen y no regresan, quizás son liberados, es su esperanza. Terminando la tarde llega su turno de salir, se desliza rápidamente desde la oscuridad hacia la luz, al alboroto, pero que gran sorpresa no es una pradera, con su corta vista, encandelillado por el cambio de ambiente y tras varias carreras frustradas por tablados advierte que no hay salida, solo varios hombres que juegan con él sin saber que no está de ánimo para ello. Intenta defenderse de la burla, los gritos y la música lo atormentan, no ha sido preparado para esto. Varios hombres rápidamente corren junto a el y le clavan arriba de los hombros agudas lanzas con ganchos de más de diez centímetros, él se enfurece pero nada puede hacer, sus músculos tiemblan por el dolor, su fuerza empieza a desaparecer, él trata de defenderse pero ahora se enfrenta con un hombre a caballo, que entierra una más larga y dolorosa lanza en su espalda, su fortaleza cede aún más, corre con desesperación y con mucho dolor.

Torpemente con el cuerpo empapado en su propia sangre trata de defenderse, no entiende que le están haciendo ni por que, solo ve con su dolor sombras que se ocultan tras un manto rojo, el cual lo reta instintivamente a defenderse. El reto continúa por interminables lapsos de tiempo, la burla y el estruendo en los alrededores se incrementa mientras sus fuerzas se diluyen. Casi entrando la noche tras la aterradora jornada suenan unas trompetas, se encuentra muy fatigado, ha sangrado mucho, se ha golpeado repetidas veces con maderos donde en ocasiones se ocultan su oponente y sus cómplices, el silencio marca la fatalidad, su oponente ahora trae un objeto brillante en la mano, es una filosa espada del tradicionalmente sangriento acero toledano, ligeramente curvada para que se entierre profundamente al menor rozón. Los rivales se aprestan para el duelo final, uno con experiencia en matar y muchas muertes encima, el otro añorando su fresca y frondosa pradera, aún no comprende que lo ha llevado a esta situación. Inician la final fatídica carrera y el desenlace lógico, el acero español lo penetra del lomo al alto vientre, destrozando en su camino su interior y vitalidad.

El sangrado interno y externo ahora es terminal, la multitud alrededor explota en la primitiva celebración de la sangre, festejan sin saber que festejan, los mueven inconfesables fetiches e impotencias, festejan con júbilo y licor la presencia de la muerte.

Su vista es borrosa, ahora los hombres se cierran a su alrededor arrancándole sin compasión hasta su último aliento, es una muerte larga y dolorosa. Mareado, con temblor y sudor frío, casi sin vista, sin un motivo, sin una razón, solo por regocijo de los amantes de la sangre y los portadores de la muerte. Su vida se aleja gota a gota, cae casi sin fuerzas, su otrora gran fortaleza se ha diluido en la mancha roja que humedece desde su lomo la arena, despide el último aire y muere.

Pero la fiesta no ha terminado, con vítores, pañuelos y flores la gente celebra al matador. Sin el menor escrúpulo ni respeto por la muerte insensatos arrancan carne de su cuerpo: Las orejas y el rabo son entregadas como premio al asesino. El ingenuo indolente las toma y celebra su lujuria sangrienta, brindándolas a quienes lo ovacionan. Es el revés de la moral, dignidad, caridad y de cualquier valor; aquí no se celebra la vida, solo se festeja en hombros la macabra invocación en ritual de la muerte, para llenar los bolsillos de pocos con el regocijo de otros que a esto le llaman valor.

 

Por una fiesta brava Equitativa

Si el bruto no lo es tanto, su cerebro debe equipararse a la fortaleza del toro. Las cosas así, de allí en adelante deben ser iguales y decorosas. Banderillas y lanza para ambos o para ninguno, sin burladeros o con burladeros donde ambos puedan entrar; no hay capote, espadas ni ayudas. Al torero se le pueden proporcionar cuernos redondeados como los del toro y si el torero muere, el toro saldrá en los hombros de la concurrencia.

También...

Al que muera que lo arrastren por la plaza. Si el toro gana entregarle las orejas del torero y el equivalente de un rabo (no sería aplicable para las toreras). Al toro no se le da dinero, pero se le garantiza con el sueldo del torero la propiedad de su pradera. Y no olviden, para que la fiesta sea brava también hay que aislar al torero desde su niñez.

Por caridad, diga: ¡NO! a la viOLEncia, ¡SI! a la vida.

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